
Del 21 al 25 de septiembre de 2026, la Universidad Nacional de Colombia – Sede Medellín vivirá una nueva edición de la Semana Universitaria: cinco días para encontrarnos, disfrutar los campus y fortalecer los vínculos que nos hacen comunidad.
Torneos deportivos, festivales artísticos, jornadas de bienestar y actividades de memoria y paz se toman los campus Robledo y El Volador entre el 21 y el 25 de septiembre. Explora la programación día a día y encuentra tu próxima actividad.
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Canchas Campus Robledo · Inscripciones Facultad de Minas – Deportes
Coliseo · Formulario de inscripción
Campus Robledo, Bloque M10
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Un homenaje a las víctimas del conflicto en Colombia.
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Gimnasio Bloque M10 · Formulario de inscripción
Biblioteca Efe Gómez (ajedrez) y Polideportivo (tenis de mesa) · Formulario de inscripción
Cancha 3, Campus El Volador
Desde el Aula se entregarán los materiales.
Aula STEAM, Bloque M3, 119
En el marco de los 50 años de la Revista de Extensión Cultural.
El Ágora, Campus El Volador
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Placa deportiva Campus El Volador · Formulario de inscripción
¿Qué le dirías a alguien que está pasando por una situación difícil?
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Polideportivo Campus El Volador · Formulario de inscripción
Canchas Campus Robledo
Plazoleta del Ajedrez, Campus El Volador
Entrega de camisetas y desfile inaugural del Festival Deportivo Estudiantes.
Placa polideportiva, Campus El Volador · Planilla de inscripción
Bloque 24, Aula 105, Campus El Volador · Inscripción previa
Plazoleta del Bloque 24
Para estudiantes y empleados.
Placa polideportiva · Planilla de inscripción
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Piscina (hidrorretos) y Polideportivo (3x3 femenino y masculino) · Formulario de inscripción
Concierto con la banda Albatros Music, seguido de "¡A todo pulmón! Karaoke UNAL".
El Ágora, Campus El Volador
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Reconociendo factores de riesgo y protectores.
Virtual
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Canchas Campus Robledo
Placa polideportiva (relevos) y El Ágora (presentación artística)
Placa polideportiva, Campus El Volador
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Nos cuidamos para permanecer — Asuntos de Género
Grupos Estudiantiles · Plazoleta del Ajedrez
Placa polideportiva, Campus El Volador
Auditorios superiores del Bloque 12 · Organiza: Facultad de Ciencias, Unimedios, Bienestar Universitario
Polideportivo Campus El Volador
Acompañamiento Integral, Programa Convivencia y Cotidianidad.
Bloque 46-311
El Ágora, Campus El Volador
Canchas Campus Robledo
Placa polideportiva (juegos múltiples) y canchas de arena (voleibol playa femenino y masculino)
Actividad itinerante.
Campus El Volador
Placa polideportiva, Campus El Volador
Con Ana María Guzmán y Walé Kerü. Clausura de la Semana Universitaria · Lanzamiento de exposición.
Árbol del Bloque 41
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La Estrategia VIDA acompaña a la comunidad universitaria con espacios de conversación y cuidado emocional el martes 22 de septiembre.

Foto: Cortesía Luz Álvarez.
“¡Escúchenlos, a los hijos de la noche! ¡Qué música hacen!”, dice Drácula en una de las cartas que leemos en la novela de Bram Soker. El conde vivió en Transilvania, en el siglo XIX, y desde entonces la figura del vampiro ha aparecido y se ha reproducido en libros, películas y otras obras.
El hijo de la noche, que se alimenta de la sangre de los demás, ya había llegado a Colombia en los 80, invocado por Carlos Mayolo y Luis Ospina desde Caliwood. A Bello, el vampiro llegó llamado por los haceres gráficos decoloniales, en grabados, intervenciones barriales y mapas comunitarios. Su castillo lo cambió por un sótano en Camacol. Este no mata a colmillo, sino a plomo. “El vampiro aquí es un narco vampiro”, al menos eso dice Luz Álvarez Garzón, artista plástica de la UNAL Medellín, que lo conjuró en pleno siglo XXI en sus obras.
Resistiendo al narco-vampirismo en la periferia: Haceres gráficos decoloniales es su proyecto de investigación-creación, producto de su trabajo de grado, en el que explora cómo la cultura del narcotráfico absorbe y drena los recursos, las corporalidades y las dinámicas sociales de los territorios periféricos del sur global.
El proyecto de Álvarez cobra vida y se nutre en alianza con espacios de resistencia barrial, como la Casa Cultural Botones: “una casita donde no habitaban esas violencias, un espacio libre para ser uno mismo. Un espacio de fuga, un espacio de salida”, dice la creadora del narco-vampirismo, con quién conversamos para entender su obra y sus haceres.
El proyecto parte de vivir en Altos de Niquía, en Bello, un territorio marcado por la violencia. ¿Cómo influyó crecer en este “filo de la montaña” en su sensibilidad como artista plástica?
Me he considerado una sujeta muy sensible y empática desde chiquita. Me pones como en flashbacks de la ‘Guerra de Vietnam’, por decirlo así. Esa cotidianidad que uno no podía cambiar y ver contrastado eso con las típicas películas gringas, donde todo era color de rosa y darse cuenta de que tú podías salir a la calle y ahí, si te metías en algo, te mataban. Era algo que yo tenía claro desde chiquita. También la condición de mujer, donde uno tenía que tener esos cuidados más allá: no salir muy tarde noche, siempre estar informando dónde vas a estar y con quién, recordar que no puedes pasar más allá porque es muy peligroso. Creo que fue algo muy complejo. Y efectivamente ese ‘filo de la montaña’ es porque a mí me costó mucho entender, quizás porque a uno le inculcan esos pensamientos de clase, que puedes vivir literalmente en la periferia, pero aún así hay personas que se creen de mayor clase. Uno cree que está mejor que los otros, pero igual sigue estando ahí. Todos están en el mismo hueco. (...) Y para mí era muy difícil eso y aún me sigue costando. Es algo que a mis papás les agradezco mucho, porque desde mi propia crianza no tenemos los mayores lujos, pero me dieron educación. No necesito más. Y desde ahí también empecé a ver a estas personas ¿por qué hacen eso? Es entenderlas, porque hay una sociedad que los está moldeando.
Propone el término “narco-vampirismo”. ¿Cómo logró articular conceptos como el capitalismo-gore de Sayak Valencia y el gótico-tropical del Grupo de Cali?
Siempre ha estado en mi vocabulario decir ‘narco’ y sabíamos que significaba desde la delincuencia, el mismo narcotráfico, los bienes que se generan con capitalismo-gore. El vampirismo fue porque desde nuestro propio vocabulario usamos esa palabra: ‘chupasangre’. Darme cuenta que si vampirismo o chupasangre es igual a: persona que se aprovecha de los demás por un beneficio. No lo vi tan alejado de los ‘chicos de la vuelta’. Entonces, simplemente dije: ‘Bueno, tengo dos palabras: narco y vampirismo, las juntamos porque era enunciarlos a ellos desde ese ser ficcionado. Vives bajo tu mundo, desde el narcotráfico manejas una narcoeconomía, una narcocultura, pero más allá de eso eres un ser chupasangre, que se aprovecha de los demás para beneficios propios.

Foto: cortesía.
¿Por qué utilizar la ficcionalidad del vampiro y no otro monstruo o mito para hablar de los actores de la violencia en el barrio?
Me he sentido muy llamada por estos seres ficcionales, los he probado desde diferentes autores y autoras. Desde Crepúsculo o Anna Rice, siempre he estado muy indagada por esa figura del vampiro, porque me parecía que era súper patética, pero a la vez elegante, uno sabía que eran seres que tenían plata y una vida eterna. Podemos mencionar algunos otros seres, inclusive desde la propia mitología colombiana hay uno que es el chupasangre, pero a la par estaba pensando en Frankenstein, que era como el nuevo Prometeo, que también era un asunto de progreso… Yo analicé todos, pero a pesar de tener características de monstruos patéticos, el vampiro era como ese ser mortal. Ese ser que chupaba un montón de sangre, pero que era mortal y se veía en toda esa adquisición económica, no es gratuito que, por ejemplo, todos los vampiros tengan plata. Crepúsculo, ese man va a la escuela porque se le da la gana; Drácula tiene castillo y bienes raíces; El de Entrevista con el vampiro, es lo mismo, vivía en Louisiana en su super mansión, tenía esclavos; el de Pura Sangre de Gótico-Tropical, también ponen ese vampiro como el terrateniente, me imagino, de una empresa azucarera. Todos son ricos.
En los talleres de conversación con la comunidad decían: “El vampiro vive en El Poblado y baja a alimentarse de los pobres”, pero luego terminan llevándolo al barrio. ¿Cómo termina siendo de Bello?
Sí, eso fue como tratar de desacomodar esas ideas, tratar de guiar a las personas por allá. Porque quería descolonizar ese pensamiento, que fue también el reto. Ya es súper claro que el vampiro tiene mucha plata y vive en los mejores lugares, pero ¿qué tal si el vampiro primero lo bajamos y no vive en Europa, vive aquí en Medellín? Seguramente no tiene plata, porque me imagino que se la pasó toda su vida malgastandola. Hay que tener presente que el vampiro necesita sangre para vivir. Digamos que la sangre va a ser como su moneda de cambio, pero ¿qué otro ser tiene su moneda de cambio basada en la sangre? Ahí es donde las personas se dan cuenta: ‘Ah, el pillo’. Y claro, realmente no hay otro ser que necesite la sangre para vivir. La sangre no es un asunto de alimentación literaria, pero es un asunto de sicariato, que los tienen que matar y tienen ese beneficio económico.
Foto: cortesía Luz Álvarez
En sus intervenciones, los mismos jóvenes se autonombraron como vampiros. ¿Qué nos dice esa identificación sobre la relación entre la delincuencia y una fuerza que “vive de la sangre del otro”?
De hecho, la primera vez que pasó, yo no me había dado cuenta. Siempre contaba el mismo relato, todo mundo me ponía la misma cara sorprendida, pero yo no había caído en cuenta de que él también se estaba nombrando como el vampiro. Porque realmente todas las personas cuando hice ese experimento social (intervención de la silla), no sé cómo nombrarlo, era la señora diciendo: ‘El vampiro es mi esposo’; los niños: ‘Está debajo de la cama’. Entonces pensé que el chico dijo: ‘Yo soy el vampiro’, de una manera muy genuina, que él hacía mal, pero no justamente ese mal. Y le conté el relato a todo el mundo y me pusieron la misma cara (sorpresa). Pero ya con el tiempo me hicieron caer en cuenta que él se dio cuenta de que, claro, necesita aprovechar de esa sangre para poder sobrevivir. Eso fue muy teso.
¿Por qué elegir las artes gráficas (serigrafía, fanzines, carteles) como mecanismo de resistencia y denuncia?
Porque pobres hemos sido. Uno se pone a pensar que el material no hace al artista, el artista hace el material. Me vi muy limitada en la carrera, porque los materiales son muy costosos, pero uno buscaba escapatorias para hacer trabajos y siento que he sabido reciclar muchas cosas y darme cuenta que uno puede hacer cosas súper cheveres, con mucha historia, a partir de algo tan bobo como una hojita y hacer un fanzine. Ahí me di cuenta que en Botones, desde toda esa misma carencia que todos teníamos, hacíamos cositas con tapas de cerveza y cargaban mayor sentido que con los mejores materiales, era muy bonito. Desde la gráfica, el artista Álvaro Botero, llegó haciendo sus prácticas en Botones alrededor de 2021, es un man súper teso de artes gráficas de la Universidad de Antioquia, hizo su trabajo en gráfica, llegó y nos presentó un montón de cosas y nos encantó. Darme cuenta que esos materiales para hacer gráfica, eran cosas que estaban en mi cocina o lo que necesitaba era muy poco, fue maravilloso. O eran materiales costosos, pero sabías que te rendía un montón de tiempo. La serigrafía fue un amor a primera vista, con una plancha vas a poder sacar hasta 500 carteles, eso es para mí la economía total, vi la posibilidad de sacar cosas y replicarlas muchas veces, sin dejar ese lado artesanal. En la serigrafía pueden haber errores, pero esos errores le dan carácter. Con ese trabajo toda una tarde saque, saque y saque, esa acción bonita y uno sudársela por lo que le gusta, era un ejercicio súper artesanal. De hecho la mayoría de mis trabajos han sido gráficos, desde esa gráfica de trinchera con bajos recursos, pero eso no se ha visto igual a que sea de mala calidad, cosas súper chéveres ocurren con eso.
Foto: Foto: Cortesía Luz Álvarez.
Hablemos de la triada de carteles que sintetiza el proyecto: ¿Cuál es la historia detrás de ‘Vampisol’, el vínculo entre la violencia y la fe en ‘Ataúd’ y la recopilación de las vivencias territoriales en ‘Mapa’?
Bueno, primero fue la pieza de ‘Mapa’, porque recopila mucho las ideas de quiénes estuvieron en los talleres, era situar a Bello, no hablaba de ningún otro contexto, no es lo mismo Medellín que Bello, cada uno tiene sus pequeñas particularidades y toda mi historia regía desde ahí: darse cuenta que significaba Camacol, los niños que pensaban alrededor de ese cerro Quitasol. Creo que ‘Mapa’ era enunciar qué significaba el cerro. Era muy triste saber que era un cerro tutelar, que ha pasado por el genocidio indígena, siempre ha estado la sangre ahí metida (...) Siempre habían enfrentamientos, estaban los chicos del barrio, pero ellos no tenían sus batallas en el barrio, ellos subían y allá se cascaban, entonces era un espacio común. Fue una relación muy poética hacia la tierra, la tierra del cerro Quitasol tiene mucho hierro, por eso es roja, el hierro llama al hierro, la sangre llama a la sangre.
Sigue el de la virgen, esas historias que mi papá me contaba, el libro y la película de La virgen del sicario, esa situación de violencia, casi que Rosario Tijeras, decir: ‘Tengo que rezar, porque tengo que matar’, ‘Madrecita, por favor, rezámela (la pistola), cuidame las balas’. Pedirle a una entidad, ‘Ayúdame a matar’, una entidad que se supone que es vida, para quitar otra vida, en fin, es muy curioso. La frase de ‘Ataúd’, dice muy bien: “Entre más sangre haya que derramar, más comida habrá para tragar. Amén”, pero al final el ataúd también es una muerte.
La última es ‘Vampisol’, tiene una historia un poco más extensa, la voy a recortar. Durante el trabajo, vi varias películas sobre vampiros, una de ellas era Vampiros en La Habana; posteriormente vi Paloquemao; y Los amantes sobreviven. Paloquemao es colombiana, me metí en Google y encontré La Banda del Sur Films, mandé un correo diciendo que estaba haciendo un trabajo de grados sobre vampiros, y a la semana me respondieron, tuve una reunión virtual con ellos y me dijeron en la cara que yo era una loca, que si no temía por mi vida. Estaban impactados con la historia y me pasaron un montón de material inédito de ellos y lo pude utilizar afortunadamente en mi trabajo. De hecho, en Paloquemao hay una red de tráfico ilegal de sangre, que era con unos termos de tinto llenos de sangre. Ellos tienen también ese referente gótico tropical, lo enuncian como gótico popular. Ellos tenían su producto de Vampisol y yo les hice el afiche.
14 de septiembre de 2026

Pie de foto: El proyecto busca detectar, con métodos ópticos y electrónicos, contaminantes en la quebrada La Picacha del corregimiento de Altavista. Foto: Unimedios
La suma de talentos y tecnología de cuatro universidades locales, tres públicas y una privada, cocina un proyecto que promete aportar una solución real a un problema ambiental complejo en una de las microcuencas más relevantes del suroccidente de la ciudad.
El alcance de la iniciativa la explican, mejor, dos de sus investigadores principales, quienes se reunieron en el campus El Volador para hacer seguimiento a los avances técnicos y administrativos de un proyecto que tiene un plazo de ejecución de 18 meses y que es patrocinado por Ruta N en su alianza G8+:
“El objetivo final es un dispositivo optoelectrónico de alta tecnología para medir contaminantes en la Quebrada La Picacha y que sea un monitoreo constante. Llevamos cerca de 6 meses, estamos diseñando y haciendo pruebas de laboratorio para llegar a un prototipo final que pueda ser instalado en la quebrada”, dijo Rodrigo Acuña Herrera, profesor del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias e investigador principal de la UNAL Medellín en el proyecto.
Además de revisar los avances técnicos, delegados de la UNAL Medellín, la UdeA, el ITM y la UdeM —las cuatro universidades que participan del proyecto— pasaron revista de temas administrativos como parte de las reuniones mensuales del proyecto que busca mitigar la contaminación de la Picacha desde su nacimiento en la vereda Aguas Frías, pero sobre todo en su paso por la comuna 16 (Belén).
El profesor Hernán Alejandro Gómez, investigador principal del proyecto por parte de la UdeM, valoró que este proyecto involucra la participación entre varias instituciones que juntan habilidades en cuanto a óptica y a software para el diseño de un dispositivo que permite hacer monitoreo continuo: “Sirve para dotar a la comunidad de una herramienta de de monitoreo que pueda generar alertas con respecto a problemáticas como contaminantes en el agua”.
Según explicó el profesor Gómez, pese a que ya existe toma de datos en quebradas, son medidas que se reportan cada cierto tiempo y lo que este proyecto pretende es dejar una capacidad instalada que monitoree 24/7 los niveles de contaminación: “Nosotros lo que queremos es que sea continuo y eso es muy importante porque en las quebradas se hacen vertimientos en horarios que no podemos manejar, entonces muchas de esas medidas no tienen en cuenta esos vertimientos”
El proyecto, explicaron los voceros, cuenta con apoyo técnico del MIT e incluye un componente de formación con liderazgos comunitarios que viven cerca a la cuenca de la quebrada y que son buena parte de la población afectada por la contaminación del agua y el aumento de niveles que ponen en riesgo a las comunidades.
14 de septiembre de 2026

Foto: Pexels.
El pasado 8 de septiembre, la OCDE publicó los resultados del Informe PISA 2025 y el resultado de Colombia pareció ser el mismo de siempre. Detrás hay una discusión más compleja —y más urgente— sobre qué mide realmente esta prueba, a quién mide y qué pasa con la juventud global y colombiana frente al sistema escolar actual.
Antes es necesario recordar que las PISA son el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y funcionan como una métrica estandarizada que mide la capacidad de los jóvenes de 15 años, de más de 80 países, para resolver problemas complejos, pensar críticamente y comunicarse con eficacia.
El pasado 8 de septiembre, la OCDE publicó los resultados del Informe PISA 2025 y el resultado de Colombia pareció ser el mismo de siempre. Detrás hay una discusión más compleja —y más urgente— sobre qué mide realmente esta prueba, a quién mide y qué pasa con la juventud global y colombiana frente al sistema escolar actual.
Antes es necesario recordar que las PISA son el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y funcionan como una métrica estandarizada que mide la capacidad de los jóvenes de 15 años, de más de 80 países, para resolver problemas complejos, pensar críticamente y comunicarse con eficacia.
La caída de Colombia en dos de los tres componentes (comprensión lectora y matemáticas) de las pruebas es un resultado que se debe mirar con lupa antes de sacar conclusiones fatalistas. Para el profesor Jaime Alberto Saldarriaga, doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud y docente del Departamento de Pedagogía de la UdeA, antes de leer los resultados hay que entender el origen mismo de la prueba: “Esta prueba es una organización privada de comercio que mide la educación desde la competitividad, ya aquí hay un sesgo de qué es lo que se entiende por educación y qué se espera y cuál es la medida a través de las pruebas”, afirma.
Según él, cuando Colombia se vinculó a la OCDE, el país aceptó medir su educación “en función de la competitividad global”, un marco que no necesariamente responde a las características del país y sus estudiantes.
Los números, sin embargo, son relevantes y muestran pistas que nos cuentan partes fundamentales de nuestro modelo educativo. En matemáticas, por ejemplo, apenas el 29 % de los estudiantes colombianos alcanza el nivel mínimo de competencia (Nivel 2), frente al 65 % en promedio de la OCDE; en lectura la cifra es del 45 % contra 69 %; y en ciencias del 50 % contra 74 %. Además, casi ningún estudiante colombiano llega al alto rendimiento: apenas el 1 % en lectura y ciencias, y menos del 1 % en matemáticas, comparado con el 7 a 8 % que logra la OCDE. Sin embargo, los resultados para el país bajaron menos que en el resto del mundo.
Un retroceso “no significativo” en medio de una caída global
El profesor Saldarriaga recuerda el contexto histórico y comparativo: “En el último resultado realmente Colombia en lo que se refiere a las matemáticas bajó dos puntos, que estadísticamente no es significativo. Lo mismo pasó en el tema de la comprensión lectora”. Aunque si se mira en términos de década el retroceso en comparación con 2015 es de 36 puntos, equivalentes a más de año y medio de escolaridad perdida.
Lo que resulta llamativo este año es que el deterioro no es solo colombiano. “La OCDE (en promedio) bajó 27 puntos en lo que lleva desde el 2000, y países como Alemania, Japón, China, Suecia bajaron 18 puntos (...) La misma OCDE anota que cuando se bajan más de 20 puntos significa que se ha perdido un grado, un curso, es como si hubiéramos retrocedido todos un grado de escolaridad en el mundo”, cuenta.
Una de las razones para esa caída en los puntajes es el uso de la tecnología, las redes sociales y la inteligencia artificial en los procesos de aprendizaje de las generaciones evaluadas. Según los análisis globales existe un riesgo de que la IA actúe como una herramienta de “pereza cognitiva” en lugar de ser un amplificador del pensamiento. Al encargar la síntesis y el análisis de un tema al algoritmo, los estudiantes debilitan su capacidad de argumentación.
Foto: Jaime Saldarriaga. Profesor en el pregrado de Pedagogía de la UdeA.
En ese sentido, según el informe de la OCDE, el 56 % de los jóvenes colombianos de 15 años declara usar herramientas de inteligencia artificial para sus trabajos escolares al menos una vez por semana, un porcentaje superior al 46 % de promedio OCDE, y al mismo tiempo sufrimos de una alta distracción digital con el 25,9 % de las y los alumnos perdiendo la atención en clase por distraerse en su celular.
La lectura de Saldarriaga es que, se podría inferir que Colombia no baja significativamente su puntaje tanto, como otros países, debido a su baja conectividad y el uso todavía incipiente de la inteligencia artificial de manera generalizada en el territorio.
Sin embargo hace una crítica a la mediación de la inteligencia artificial en los procesos de aprendizaje. Cuenta que mientras forma los próximos pedagogos del país cada vez pone “menos trabajos escritos” porque ya no puede confiar en el origen de lo que revisa. Así que prefiere las exposiciones: “Muchas de esas exposiciones no se dan porque quien presenta un trabajo mediado por la inteligencia artificial no ha logrado la comprensión”.
¿Estamos midiendo lo mismo que hace diez años?
El 27 % de los estudiantes colombianos se ubica en el quintil socioeconómico más bajo del mundo, frente a menos del 5 % en los países ricos. Además, hay un cambio importante en la cantidad de estudiantes evaluados en el último trienio que no puede ser ignorado para leer los resultados y es la incorporación de muchos más estudiantes a la muestra, sobre todo provenientes de lugares con desventajas educativas acumuladas.
“Hay que decir que durante el último gobierno creció la matrícula de estos estudiantes. Lo que significa también una ampliación en el universo de una muestra como la que se hace por las PISA”, resalta el profesor Saldarriaga.
Leído así, que nos haya ido casi igual de mal que en el 2022, es, en buena parte, el costo estadístico de una inclusión que antes no existía. Es decir, con la democratización de la educación media en el país —una cifra que sí debería alegrarnos— así la calidad educativa de quienes ya estaban escolarizados no haya empeorado, el promedio nacional sí baja.
Estudios del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana muestran que, entre 2015 y 2022, las escuelas oficiales rurales representadas en la muestra PISA pasaron de 85 a 110, mientras que las instituciones privadas participantes cayeron de 88 a 56. En otras palabras, la muestra hoy incluye a muchos más estudiantes rurales y vulnerables que hace una década.
Además se debe hacer zoom en la población, Saldarriaga advierte que la prueba se aplica a estudiantes de 15 años que en Colombia no son comparables, en términos de trayectoria escolar, con sus pares de países desarrollados: “Nuestros estudiantes de 15 años no son los mismos estudiantes chinos, suecos, noruegos e incluso españoles (...) Por dar un dato en el Bajo Cauca sobre el que he hecho investigación, la matrícula en esta edad está en el 46 %, entre estudiantes que reprueban y estudiantes que se salen definitivamente del sistema educativo”.
Esa cifra regional coincide con otra cifra nacional que arroja el análisis de la OCDE: solo el 46 % de los jóvenes evaluados a los 15 años está en décimo grado, año escolar, que en teoría, deberían estar cursando a su edad. De hecho, el 39 % de los estudiantes evaluados en 2022 reportó haber repetido al menos un año, porcentaje que en el promedio OCDE es de apenas 9 %.
La “cola” que perseguimos hace años
Otro de los planteamientos del profesor de Pedagogía tiene que ver con la pertinencia misma de seguir este ranking: “Lo peor que puede hacer el país es irse a perseguir la cola de las pruebas (...) Nosotros no vamos a hacer ni Japón, ni China donde los estudiantes no tienen las libertades, entre comillas, que tenemos los estudiantes colombianos, incluso para decir 'no quiero seguir estudiando'”. No es que los resultados no importan, sino que no solo deberíamos compararnos con sociedades educativamente muy distintas, porque eso puede dar diagnósticos equivocados.
Sin embargo, en un mercado académico y laboral, cada vez más global, que 7 de cada 10 estudiantes colombianos no tengan el nivel matemático que el resto de sus pares a nivel mundial sí representa un reto adicional para el sistema educativo.
Guillermo Vázquez Velázquez, director académico de la UNAL Medellín, reconoce que este deterioro es una señal de alarma que ya golpea a la educación superior: “Los resultados de Colombia siguen siendo muy desfavorables, al igual que las versiones anteriores, inclusive reducimos nuestro nivel en matemáticas y en escritura”, señala.
Esos resultados se traducen en más estudiantes que llegan a la educación superior y a la universidad pública “con unos niveles de preparación que podríamos llamar insuficientes”, destaca el director académico.
Además, manifiesta la preocupación de la UNAL por fomentar la permanencia académica por medio de grupos de estudio autónomo y tutorías para nivelar en matemáticas y lectoescritura a quienes ya superaron el filtro de admisión. En ese sentido, pareciera que el vacío formativo que deja el sistema en secundaria termina siendo asumido, parcialmente, por la universidad pública.
La juventud, entre la motivación y la falta de herramientas
Más allá del puntaje, la pregunta de fondo no es de capacidad cognitiva sino de sentido: ¿qué tan atractivo resulta hoy el sistema escolar para los adolescentes? El profesor Saldarriaga plantea una pregunta distinta frente a los resultados de estas pruebas que salen cada tres años: “¿Esto le sirve a la educación colombiana?”
Y añade una hipótesis que ha trabajado en varias de sus investigaciones: “El desinterés por continuar y, por el contrario, la urgencia y el afán de trabajar, de tener ingresos, dinero, etcétera, todo termina siendo un rasgo de época”.
Los jóvenes de 15 años parecieran no tener interés por continuar, en su mayoría, con la educación impartida en los colegios colombianos, sin embargo, según los datos socioemocionales del informe OCDE: el 83 % de los estudiantes colombianos se considera curioso intelectualmente (73 % en la OCDE), el 76 % afirma esforzarse más ante los desafíos (60 % en la OCDE) y el 84 % dice sentir que pertenece a su colegio (75 % en la OCDE).
Entonces, las y los jóvenes colombianos no odian el colegio ni carecen de motivación, de hecho manifiestan mayor interés que el promedio mundial, pero nuestro sistema pedagógico actual no logra traducir esa energía en buenos resultados.
Esa brecha la explica el profesor Jaime con un concepto del pedagogo Gert Biesta, la "aprendificación”, es decir, “el aprendizaje va dejando de ser una exposición y apertura al conocimiento y a las ciencias, para convertirse en una tecnología de producción de resultados académicos y resultados competitivos”.
Entonces, ¿preocuparse o no?
Después de leer los resultados, escuchar testimonios y reflexiones desde la universidad pública, la respuesta no puede ser concreta, no es un sí o un no rotundo, sino la posibilidad de seguir cuestionando y como decía el profesor de profesores, Jaime Saldarriaga, “repensarse el modelo educativo”.
Sí debería preocuparnos que el 71 % de adolescentes colombianos no alcancen competencias matemáticas mínimas al terminar la educación básica, y eso en palabras de Vázquez Velázquez, es un problema que la universidad ya no puede resolver sola. Claro que debería preocuparnos que el origen socioeconómico siga teniendo una variabilidad del 17,4 % en los resultados en ciencia. Y por supuesto que es preocupante que en el país la brecha entre colegios privados (430 puntos) y oficiales rurales (362 puntos) no ha dejado de ampliarse en cada trienio.
Pero también hay razones para no preocuparnos. No debería preocuparnos el crecimiento de la matrícula en zonas antes excluidas. Claro que no debería preocuparnos la ampliación de la muestra rural. Y por supuesto que no es preocupante la poca disminución en puntajes de Colombia frente a la caída global asociada al uso de la tecnología por parte de los jóvenes.
Tal vez, la preocupación tome un segundo lugar cuando dejemos de medir solo resultados y estándares internacionales. Para Saldarriaga deberíamos empezar a formar para “pensar problemas reales”, no ejercicios de manual. Y empezar a buscar medidas que reconozcan las desigualdades y diversidades con la que las y los jóvenes colombianos llegan al aula. Tal vez, así, nuestra educación se refleje en resultados que nos pongan más arriba en las tablas globales.
14 de septiembre de 2026