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Una vez, ya no recuerda hace cuánto, llegó una señora a la Dirección de Estaciones Agrarias y le dijo ‘vos me atendiste tan bien por teléfono que vine porque te quería conocer’. Yolanda Zapata Gallo, secretaria de la dependencia, se sintió halagada, por supuesto, pero también recibió el gesto con gratitud, ese detalle fue para ella la recompensa por un trabajo no solo bien desempeñado sino hecho con el corazón.

  • Yolanda Zapata Gallo se siente en mejor vida desde que hace parte de la Familia UNAL.

    Yolanda Zapata Gallo se siente en mejor vida desde que hace parte de la Familia UNAL.

  • Para ella la buena relación con los otros es la clave del buen servicio.

    Para ella la buena relación con los otros es la clave del buen servicio.

  • Yolanda hace su trabajo con gusto y entrega.

    Yolanda hace su trabajo con gusto y entrega.

  • Yolanda vive el presente por eso procura entregar siempre lo mejor de sí.

    Yolanda vive el presente por eso procura entregar siempre lo mejor de sí.


    Llegó a la Universidad hace apenas siete años, después de más de tres décadas de vinculación al sector privado. Se presentó en la convocatoria pública de 2010 y el 1 de junio de 2012, no lo olvida porque dice que fue el día en que pasó a mejor vida, empezó a escribir su historia en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín.

    “Mi hermana Eugenia trabajaba acá y una vez, ya muy agotada del estrés laboral al que estaba sometida recuerdo que le dije: ‘Eugenia, cuando sepas de algo en la Universidad me lo dices’”. Incluso antes de abrirse la convocatoria Yolanda pasaba por los alrededores del campus y no podía evitar el pensamiento: “yo voy a trabajar en la Universidad”.

    Ya son siete años oficiando como secretaria de la Dirección de Estaciones Agrarias y está tan a gusto que, al menos de momento, no piensa en la posibilidad de presentarse a ninguna convocatoria de ascenso. “Estoy muy enamorada del equipo de trabajo porque es un grupo pequeño, hacemos las cosas en sintonía este espacio es muy agradable porque me encanta y la posibilidad de conexión con los árboles y la naturaleza; entonces yo siento que si estoy tranquila deseo permanecer así”, asegura.

    Uno de los aspectos que más valora de su historia en la UNAL es el respeto por su tiempo. Su día comienza diariamente a las 7:30 a.m. revisa y responde correos, recibe llamadas, redacta oficios y comunicados, soluciona dudas, atiende las necesidades de los empleados de las estaciones agrarias, en fin, Yola, como le dicen de cariño, es como una hormiga laboriosa que desde su labor mantiene en marcha a la dependencia.

    La voz de Yolanda es limpia y afable; su risa, franca; y su mirada, pacífica; esos rasgos hablan de la mujer sencilla, tranquila y entregada que es. Desde muy joven decidió que no quería tener hijos, en cambio encontró en los animales, particularmente los perros, los seres con quienes quería compartir su amor. Por fortuna, comenta, se cruzó en el camino con alguien que comparte su manera de ver y sentir la vida.

    Con Julio César, su compañero de vida, comparte el gusto por la música, el sencillo placer de estar viva y el amor por los animales. Con la mirada puesta en el pasado relata una de sus anécdotas más apreciadas.
    “Una vez Julio y yo íbamos para la casa, vivíamos en Itagüí, e íbamos en una moto por la autopista sur a la altura de la estación Poblado cuando se nos atravesó un perro grandote; mi esposo me dijo: ‘ese perro va perdido, ¿nos vamos tras él?’. Lo seguimos hasta una estación de gasolina”. Allí lo llamaron y el animal respondió al cariño de Julio César y Yolanda; se acercó y se dejó agarrar; ella se fue con él en un taxi que él escoltó hasta la casa: “lo bañamos lo desparasitamos y Tobías, un criollo negro por encima y café por debajo, se quedó con nosotros 10 años”, cuenta con añoranza y gratitud.

    Después de Tobías llegaron Chiqui, Mingo, Coralina y Tina; de sus cinco “perrohijos” ya solo los acompañan los últimos tres, pero de todos “hemos aprendido el amor, la lealtad, la alegría, la autenticidad y algo en lo que para mí los animales son los grandes maestros: a vivir el presente”.

    Un día a la vez y durante esa única oportunidad, elevarse hasta romper el propio techo. Así vive Yolanda; así hace su trabajo, así se relaciona con el mundo, así se ha convertido en una de las secretarias que, calladamente y dejando su esencia en su quehacer, han movido a la UNAL en los últimos años.

    A pesar de su poco tiempo en la Sede, Yolanda aprecia la Institución con el mismo cariño de quienes le han servido por veinte, treinta, cuarenta y más años: “es que acá encontré un hogar. Y no cualquier hogar, para mí la Universidad es sinónimo de paz, de tranquilidad, de sosiego”; es más, confiesa que, en ocasiones, se pregunta por qué se demoró tanto para buscar su ingreso a la Institución y tras la inquietud viene, inmediata, la respuesta: “en la vida todo llega cuando tiene que llegar; esto llegó en el momento en que era para mí y me encanta estar acá”.

    Si hubiese una única palabra con la cual identificar a Yolanda sería, tal vez, calma. La manera grácil como se mueve por el espacio, su sonrisa, sus historias tranquilas, sus palabras amables y generosas, la confianza y pasión que transmite, su sencillez y la tranquila firmeza que emana justifica la sorpresiva visita de una extraña a su oficina solo para conocerla y decirle “gracias por el trato que me dio”. Yolanda Zapata Gallo es la puerta ideal por la que cualquiera quisiera ingresar por vez primera a la UNAL.

    (FIN/CST)

     

    15 de noviembre del 2019