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La vida del profesor Carlos Enrique Mejía Salazar gira en torno a las matemáticas: las ha investigado, estudiado y enseñado durante más de 30 años, gracias a esta ciencia conoció a su esposa, la profesora Margarita Toro, también matemática. Las matemáticas, fundamentan su proyecto de vida a tal punto que hasta sus aficiones tienen que ver con ellas.

  • Carlos Mejía Salazar, profesor de la Escuela de Matemáticas de la Facultad de Ciencias.

    Carlos Mejía Salazar, profesor de la Escuela de Matemáticas de la Facultad de Ciencias.

  • A su esposa, la matemática Margarita Toro, la conoció el primer día de clases en la UNAL Medellín. Foto cortesía.

    A su esposa, la matemática Margarita Toro, la conoció el primer día de clases en la UNAL Medellín. Foto cortesía.

  • En julio el profesor fue nombrado Miembro correspondiente de ACCEFYN.

    En julio el profesor fue nombrado Miembro correspondiente de ACCEFYN.

  • En su finca cultiva café. Foto cortesía.

    En su finca cultiva café. Foto cortesía.

  • Para el profesor Carlos Mejía ser académico es un honor.

    Para el profesor Carlos Mejía ser académico es un honor.

    El profesor Mejía posee una de las cualidades más valiosas para estudiar matemáticas: buena memoria. A ella apela para volver a la década de los 80 cuando junto con su esposa Margarita abandonaron todo lo que tenían en Medellín para ir en busca de un sueño compartido: ser doctores en matemáticas.

    “Nosotros queríamos seguir formándonos, pero en esa época en el país no había forma de hacer doctorado en esa área y Estados Unidos aparecía como una opción viable; pero teníamos un problema: el idioma”.

    Animados por el objetivo de aprender inglés aceptaron una oferta como profesores en una universidad privada en Puerto Rico. Durante dos años vivieron en la isla, tiempo suficiente para aprender inglés y aspirar a dos becas doctorales en la Universidad de Cincinnati en Estados Unidos.

    Y recuerda que “Salimos directo del aeropuerto de San Juan de Puerto Rico a Miami (Florida). Nosotros teníamos un carrito y eso fue lo único que nos llevamos: lo mandamos en barco y una vez en los Estados Unidos continuamos en él el viaje hacia el norte”.

    Esa aventura y las muchas otras que ha vivido gracias al amor que desborda por las matemáticas se justifica desde el gusto por el conocimiento, pero también, y con mayor fuerza, por el desafío que representa investigarlas.

    “La verdad es que este es un camino muy difícil y un trabajo muy exigente, pero a pesar de eso hay disfrute, uno no lamenta tener que trasnochar haciendo investigación. Lo ideal para mí en la vida es hacer matemáticas”, por eso, compara su quehacer con el del atleta que quiere mejorar sus marcas y se propone hacerlo porque se sabe capaz.

    “Cuando uno ve que tiene ciertas habilidades y potencial para llegar a demostrar un teorema o a desarrollar un tema que nadie ha desarrollado, uno se dice: ‘yo quiero intentar hacer cosas nuevas en matemáticas’. Ahí está el impulso del reto”, precisa.

    El profesor Mejía cuenta que supo de sus habilidades para las matemáticas desde muy joven, incluso desde su época de colegial, por eso tras terminar el bachillerato empezó a estudiar Economía convencido de que en esa área potenciaría sus habilidades. Pero no fue así. Por suerte conoció al profesor Jorge Mejía Laverde, matemático de la Universidad Nacional de Colombia. “Él se convirtió en el ejemplo que me permitió encontrar mi camino. Yo me dije: ‘quiero ser como Jorge’, es decir, matemático”. Y hacia allá apuntó todos sus esfuerzos.

    Estaba en segundo semestre de Economía cuando decidió que lo suyo eran las matemáticas, se presentó a la Universidad Nacional de Colombia de donde se graduó en 1982 del pregrado y en 1985 de la maestría.

    “La universidad nos ofrecía casi todas las clases en exclusividad y éramos muy privilegiados”, dice refiriéndose a su época de estudiante y asegura que esa esencia de “especial” es algo que en los estudiantes de hoy también se percibe “Eso tiene que ver con que estudiar matemáticas acá es muy grato y al mismo tiempo, muy exigente”.

    Para el profesor una cosa es estudiar matemáticas y otra diferente es querer investigarla y enseñarla, algo en lo que él pone todo su empeño. Frente al asunto de transmitir el conocimiento lo que más lo emociona es la esperanza de mostrarles a los jóvenes lo apasionante que es dedicarse a las matemáticas.

    “Enseñar matemáticas es dar ejemplo. Es mostrarles a los estudiantes cómo se para uno frente a un problema y cómo lo resuelve y eso transciende el salón de clases y se lleva a la vida. También es que sepan lo grato que es para mí dedicar mi vida a ellas, es ayudarles a que se les quite el miedo, a veces, y otras a que puedan buscar otros caminos, o sea, uno termina siendo el profesor corchador”, admite y reconoce que eso no es necesariamente malo porque, así como la Universidad necesita seleccionar a los mejores, los jóvenes deben encontrar lo que verdaderamente quieren hacer. “Eso es formación para la vida”.

    Dedicar su vida a la ciencia de los patrones o de las estructuras, como definió Godfrey Harold Hardy las matemáticas, ha sido una tarea de todos los días y a todas horas para Carlos Mejía Salazar; de dedicación, esfuerzo y compromiso, de caminar lento y estar dispuesto, muchas veces, a desembarcar en islas desiertas con la esperanza de que, eventualmente, podrán hacerse “pequeñísimas contribuciones al conocimiento”.

    Precisamente como reconocimiento a su trayectoria la Academia Colombiana de Ciencias Exactas Físicas y Naturales (ACCEFYN) lo nombró en julio de 2019 Miembro correspondiente. “Por supuesto para mí este es un gran honor, pero también una enorme responsabilidad: ser académico es un compromiso de trabajo y de seguir aportando a la divulgación de la ciencia en el país”, afirma.

    Cuando no hace matemáticas el profesor aprovecha para enfocarse en otra de sus pasiones: la naturaleza. “Nosotros tenemos una finca cafetera cerca a Medellín en la que además de cultivar café destinamos un espacio para sembrar bosque”, cuenta. Muchos de los individuos que él y su esposa han plantado son hijos de los árboles de la Universidad. Especímenes de loro, caoba, pino colombiano, palmas, gualanday, búcaro, entre otros adornan sus tierras.

    “El café (variedad Colombia Castillo) es algo de lo que nos sentimos muy orgullosos porque lo procesamos con un sistema ecológico y moderno”, comenta y cuenta que su proyecto a futuro es aplicar las matemáticas en la caficultura.

    “La idea es poder instrumentar mi secadora con unos sensores que determinen temperatura y humedad y aplicar una ecuación diferencial de difusión para que basado en la información de los sensores se haga el proceso de secado del café. Pero eso es en el futuro”, comenta y se ríe, tal vez porque sabe que, aunque le cueste, es algo que sin duda hará.

    (FIN/CST)

    30 de agosto del 2019