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De niña sus vacaciones siempre estuvieron acompañadas por algún paisaje marino, ya desde entonces afirmaba determinante que quería ser científica; aprendió a bucear muy joven y para cuando pudo decidir estableció que sería su “inexplicable” amor por el mar lo que marcaría el rumbo de sus estudios. Curiosamente, descubrió que en su país, pese a tener dos océanos, se sabía poco al respecto y que había menos interés en conocer; eso, sin embargo, en lugar de desanimarla la impulsó.

  • La profesora formuló los cursos de Oceanografía, Geología Marina, Catedra del Mar y Campo Marino de la U.N. en Medellín.

    La profesora formuló los cursos de Oceanografía, Geología Marina, Catedra del Mar y Campo Marino de la U.N. en Medellín.

  • Con sus estudiantes durante una salida de campo en La Boquilla, Cartagena (Bolívar). Foto cortesía.

    Con sus estudiantes durante una salida de campo en La Boquilla, Cartagena (Bolívar). Foto cortesía.

  • Bucear es algo que hace desde joven y que ha alimentado su amor por el océano. Foto cortesía.

    Bucear es algo que hace desde joven y que ha alimentado su amor por el océano. Foto cortesía.

  • Para la profesora la docencia es la oportunidad de enamorar a otros por su tema de investigación. Foto cortesía.

    Para la profesora la docencia es la oportunidad de enamorar a otros por su tema de investigación. Foto cortesía.

  • "Yo he tenido la oportunidad no solo de conocer el mar sino también de enseñarlo y esa es una satisfacción enorme y me encanta la docencia", cuenta la profe Gladys Bernal.

    "Yo he tenido la oportunidad no solo de conocer el mar sino también de enseñarlo y esa es una satisfacción enorme y me encanta la docencia", cuenta la profe Gladys Bernal.

    Deseosa por dedicarse a la ciencia y por desvelar los misterios del mar, Gladys estudió Geología en la Universidad Eafit: “me parecía una oportunidad para, en el futuro, llegar a trabajar en temas marinos”, dice. Y así fue. Justo en la última etapa de su carrera, conoció al profesor Iván Correa, quien trabajaba el tema de costas y la inspiró e impulsó a trascender en esa pasión que le suscitaba el mar.

    Empecinada en darle forma a ese amor y con el apoyo incondicional de su familia, logró hacer su semestre de prácticas en el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis (Invemar), haciendo la sedimentología de la Bahía de Santa Marta “y no me pagaron”, comenta entre risas. La paga fue nadar al lado de un tiburón ballena y, claro, confirmar que dedicaría su vida al mar.

    Tras graduarse se fue de Medellín a seguir persiguiendo su sueño: conocer y estudiar esa mole de agua salada que cubre las tres cuartas partes de la tierra, y, de paso, la vida en parajes costeros.

    “Viví 10 años fuera de Medellín, parte de ese tiempo estuve trabajando en la costa colombiana y la otra fue mi formación de posgrado”, cuenta. Hizo maestría en Oceanografía Costera en la Universidad Autónoma de Baja California Sur y doctorado en Ecología Marina en el Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (Baja California).

    Durante su formación en posgrado, concentró su investigación en paleo-oceanografía, una rama de la geología marina que es algo así como “aprender a leer los registros naturales que tiene el océano en los sedimentos, en los corales y que nos cuenta cómo ha sido la historia oceánica”, explica la profesora.

    Una vez terminó el doctorado regresó a Colombia con el único propósito de seguir investigando, se radicó en Cartagena donde trabajó como profesora de la Facultad de Oceanografía de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, pero el trabajo no la satisfizo completamente porque pertenecía a un ambiente más militar que académico. “Y estando allá, salió una convocatoria para ser docente en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, era una plaza para áreas estratégicas de la Facultad de Minas y en la lista estaba oceanografía”, recuerda.    

    Después de una década fuera de Medellín y pese a que en sus planes no estaba regresar a vivir en su ciudad natal, un poco quizás por esa añoranza del mar, decidió que esa oportunidad en la U.N. era un sueño. Para ella “el mejor lugar en el país para desempeñarse en investigación académica es la Universidad Nacional”. Aquella “suerte” ocurrió en 2003, ya son más de 15 años como profesora, una experiencia que, además, ha fortalecido su relación con su primer amor: el mar.

    “Yo he tenido la oportunidad no solo de conocer el mar sino también de enseñarlo y esa es una satisfacción enorme y me encanta la docencia, cuando la vida está difícil, es mi gran aliento”, admite y resalta que, por un lado, están los cursos en los cuales enseña lo que le gusta mientras va percibiendo cómo los estudiantes van abriendo sus mentes al tema; y, por otro, está la formación en investigación, “ese es un proceso precioso porque siempre se da eso de que el alumno supera al maestro y formar a alguien que va a ir más allá que yo esa es una oportunidad increíble”.

    La profesora Gladys se ha sumergido en el océano como pocos: tanto desde la investigación y el conocimiento de sus secretos como desde el disfrute de nadar en sus profundidades por el mero placer de experimentar la sensación de ingravidez que le permite olvidarse de que es un cuerpo hecho para la tierra y no para el agua. Gracias a ello, cada vez se maravilla más de ese mundo todavía desconocido y que nunca la ha decepcionado.

    Su pasión no solo ha sostenido las bases de su quehacer investigativo sino también de su vida personal y, como todo en la vida, ese amor ha evolucionado. “Antes sentía que para ser feliz tenía que estar al lado del mar ahora no, ahora estoy acá (en Medellín) y sé que él está ahí; esa relación va más allá de un vínculo físico”, comenta pensativa.

    El yoga por la meditación; la cocina por la posibilidad de exploración y porque la concibe como un arte; la música por la alegría y la apertura; Maya, Olivia y Salomé, sus mascotas, por el amor hacia la vida; además de la academia, por supuesto, copan la vida de la profesora Gladys Bernal Franco.

    Sumergida en las frías aguas del Golfo de California con un bosque de macro algas como telón de fondo y con lobos de mar y mamíferos marinos como compañeros de escena, nadando debajo de cardúmenes de tiburones martillo en Malpelo o al lado de un tiburón ballena en Cartagena, viendo los pólipos de los corales florecer como un jardín durante sus inmersiones nocturnas y, simplemente estudiándolo y viviéndolo, Gladys Bernal llegó a comprender que el mar siempre fue y será una opción en su vida.

    El poeta mexicano José Gorostiza escribió “¡El mar, el mar! / Dentro de mí lo siento. / Ya sólo de pensar/ en él, tan mío, / tiene un sabor de sal mi pensamiento”, y así lo siente la profe. Gladys Bernal lleva el mar consigo: en su piel, en sus intereses, en su historia, y ha logrado fundirse con él a tal punto que escucharla es un tiquete directo a hundirse en las cálidas aguas del Caribe o en las gélidas del Pacífico.

    (FIN/CST)

    31 de mayo del 2019