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El 18 de septiembre de 1982, dos días después de llegar a Medellín tras haber terminado de prestar el servicio militar obligatorio, Guillermo León Restrepo se presentó en la Oficina de Personal de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Tenía 19 años, la cara de niño y el corte de pelo hablaban por él. Cuando el señor Gabriel Jaramillo, jefe de personal, le preguntó el motivo de la visita, respondió sin titubear: “vengo a buscar empleo”.

  • Guillermo León Restrepo ingresó a la U.N. en 1982.

    Guillermo León Restrepo ingresó a la U.N. en 1982.

  • De la Universidad lo que más disfruta es el contacto con la naturaleza.

    De la Universidad lo que más disfruta es el contacto con la naturaleza.

  • Una de sus memorias más insignes es el placer de haber visto en acción al maestro Pedro Nel Gómez.

    Una de sus memorias más insignes es el placer de haber visto en acción al maestro Pedro Nel Gómez.

  • Entre los reconocimientos que ha recibido destaca la Medalla Alejandro López.

    Entre los reconocimientos que ha recibido destaca la Medalla Alejandro López.

    Recuerda que diligenció un par de formatos y que lo mandaron a hacerse “los exámenes médicos de rigor”. Dos semanas después, el 1 de octubre empezó como vigilante, sin vislumbrar que a la U.N. consagraría su trabajo.

    Esos primeros años, dice, “fueron de trasnocho casi continuo”, él vigilaba mayoritariamente en el Campus del Río donde se estaba construyendo el Bloque 04. Además, rememora que, para entonces, no había cerramiento de malla en la Universidad.

    Durante aquellas noches en vela hizo amigos, verdaderos amigos. “Recuerdo que a veces uno llegaba con sueño y entonces, en lugar de encontrar el compañero que decía ‘duerma que yo lo cubro’, uno encontraba al que le decía ‘vamos a caminar toda la noche para que no se quede dormido’, y eso hacíamos. Compartíamos la coca, hacíamos tinto, frijoladas o sancochos; eso es algo que extraño bastante”.

    Según Guillermo nunca llegó a suceder nada extraño o peligroso durante los cinco años que fue vigilante raso, aunque admite que cuando era asignado al Campus El Volador en los turnos de noche un viento helado le recorría el cuerpo. “Como había tan pocas construcciones y era un campo tan abierto, esto acá era muy tenebroso”, explica.

    Y recuerda que uno de sus compañeros, Ángel Taborda, se negó siempre a hacer ronda en el Bloque 11 después de las 8:00 p.m. “Decía que ahí arrastraban cadenas, que movían sillas y que se escuchaban quejidos, pero yo creo que por la forma del edificio los sonidos se distorsionaban, y todavía”.

    Durante las semanas de trasnocho el día que más anhelaba era el viernes, y no precisamente por el arribo del fin de semana, sino porque a las seis de la mañana del sábado, tras terminar el turno, se reunían unos ocho a diez compañeros a jugar fútbol mientras esperaban que abrieran, a las 8:00 a.m., la sala de ventas donde compraban lácteos y cárnicos frescos.

    Después de cinco años como vigilante a Guillermo le vieron talento de líder y le propusieron ser coordinador de vigilancia, de la acción en campo pasaría a la de escritorio como organizar turnos, programar descansos, elaborar horas extras, proyectar vacaciones y, ocasionalmente, recorrer los campus verificando que todo estuviera en orden, entre otras instrucciones. Ya son casi 37 años en el ejercicio de su labor y para él “las cosas se hacen todos los días con la misma emoción, pero mucho mejor y con más amor que el primer día”.

    Sobre su oficio lamenta que a veces pesen más los malos procedimientos que los buenos, “aunque los buenos sean más: nosotros estamos las 24 horas en la Institución garantizando la seguridad, observamos desde fugas de agua, hasta conatos de incendio y durante un accidente somos de los primeros en responder”. Y agrega que la vigilancia de la Universidad es la cara amable que recibe y despide a propios y visitantes.

    A Guillermo lo identifica su espíritu de servicio, por eso nunca quiso cambiar de oficio y por eso, también, se unió a la Brigada de Emergencias de la Sede, allí sirvió durante 12 años y tuvo que retirarse por cuenta de un par de fracturas que lo inmovilizaron durante un buen tiempo “ahora estoy en proceso de reingreso”, comenta orgulloso y con buen ánimo.

    Entre los honores que ha recibido de la Universidad destacan la Medalla Alejandro López, por su quehacer, y algunas menciones honoríficas, precisamente, por su servicio como brigadista. El honor mayor, sin embargo, es haber podido sacar a sus cuatro hijos adelante: Leidy, Estaban, Julián y Sara, sus amores. Así mismo, una de sus memorias más insignes es el placer de haber visto en acción al maestro Pedro Nel Gómez “cuando estaba tallando las esculturas del Tótem Mítico de las Selvas”.

    A Guillermo le gusta el fútbol, es hincha del Deportivo Independiente Medellín; ir de paseo y conocer pueblos, sobre todo, afirma, “aquellos donde hay agua corriente y la posibilidad de nadar y de disfrutar la naturaleza con calma”; es un hombre de familia y, en general, de actividades serenas. Tal vez, comenta, “por eso es que me gusta tanto la Universidad, porque los campus son hermosos y están llenos de mucha vida”.

    Está a seis años de jubilarse y aunque no piensa mucho en ello le pone triste la idea de decir adiós al lugar donde ha crecido profesional y personalmente y del que ha recibido tantas satisfacciones. “Por ahora, seguiré disfrutando de la Universidad y de mi trabajo con gratitud y con honor”.

    (FIN/CST)

    24 de mayo del 2019