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Desde los cinco años supo que se dedicaría a la medicina porque descubrió que su pasión era ayudar a los otros y, en efecto, hizo de ello su razón de ser. Es brigadista, nadadora, voluntaria, médico, mamá y la mujer que ha visto graduarse a cinco generaciones de estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín: durante 25 años Olga Patricia Mora Herrera ha coordinado los programas de promoción de la salud y prevención de la enfermedad en la Institución y asegura que repetiría, si pudiera, cada uno de los días de su vida.

  • La jardinería es su válvula de escape.

    La jardinería es su válvula de escape.

  • "La U.N. me ha dado una oportunidad de empleo maravillosa, una vida feliz, un sitio de trabajo espectacular, la posibilidad de conocer a grandes amigos y sobre todo de servir", doctora Olga Mora.

    "La U.N. me ha dado una oportunidad de empleo maravillosa, una vida feliz, un sitio de trabajo espectacular, la posibilidad de conocer a grandes amigos y sobre todo de servir", doctora Olga Mora.

  • Olga Patricia Mora Herrera es la coordinadora de los programas de promoción de la salud y prevención de la enfermedad.

    Olga Patricia Mora Herrera es la coordinadora de los programas de promoción de la salud y prevención de la enfermedad.

  • De sus padres heredó la vocación por la solidaridad.

    De sus padres heredó la vocación por la solidaridad.

  • La doctora Olga entrena natación, hace labor social en el barrio Niquitao, es voluntaria en la Brigada de Emergencias de la Universidad de Colombia Sede Medellín, entre otras actividades.

    La doctora Olga entrena natación, hace labor social en el barrio Niquitao, es voluntaria en la Brigada de Emergencias de la Universidad de Colombia Sede Medellín, entre otras actividades.

    A la U.N. llegó muy poco después de recibirse como médica de la Universidad CES, cuando una de sus mejores amigas, la ginecóloga Clara María Restrepo Moreno, le sugirió que se presentara a la vacante que ella dejaba en la Institución. Para entonces el país vivía una de sus épocas más violentas: los médicos, según afirma, trabajan entre charcos de sangre: “a mí me tocó ejercer con el cuchillo en el cuello y con la amenaza de ‘si mi parcero se muere usted se muere, doctora’”, rememora.

    Y también recuerda que después de pasar la entrevista y quedarse con el puesto en la U.N. estuvo a prueba durante un año. “Acá no me iban a recibir porque no confiaban en que yo pudiera con el empleo, pero a mí toda la vida me ha gustado trabajar con jóvenes y acá estoy y estoy muy contenta”, dice con orgullo.

    Olga patricia Mora Herrera es una mujer organizada, tranquila, disciplinada y comprometida que se siente feliz haciendo felices a los otros. Conversar con ella genera la sensación de una visita al pediatra, en la que el médico trata al paciente con el mayor cariño posible para hacerlo sentir cómodo; y es así porque ella abona con amor todo lo que hace.

    A apropósito, cuando habla sobre su agenda y ocupaciones parece como si la doctora Olga tuviera el poder de multiplicar el tiempo o, al menos, de moverse a la velocidad de la luz. Entrena natación, el deporte de sus amores, entre tres y cuatro veces a la semana; los lunes hace labor social en el barrio Niquitao; algunos fines de semana los dedica a brigadas dentro y fuera del departamento; es navegante profesional; voluntaria en la Brigada de Emergencias de la Universidad, madre de dos hijas profesionales y tiene muchas otras facetas que, aunque se reserva, todavía le dan tiempo para dedicarse a la jardinería, su válvula de escape.

    “Si les preguntas a mis hijas, te dirán que su mamá se ha dedicado a la sociedad más que a ellas, aunque saben que son para mí la prioridad”, dice respecto a su manera de aprovechar el tiempo.

    Sobre los años dedicados a la Universidad, la doctora asegura que la balanza se inclina más a lo que ha recibido de la Institución que a lo que ella ha entregado. “La U.N. me ha dado una oportunidad de empleo maravillosa, una vida feliz, un sitio de trabajo espectacular, la posibilidad de conocer a grandes amigos y sobre todo de servir. Para mía es maravilloso, encontrarme con hijos de estudiantes a quienes les hice control prenatal hace 20 años; ningún dinero me paga esa satisfacción. Mi vida aquí ha sido un regalo”, dice.

    Sin embargo, la doctora Olga se merece un poco de la justicia que se niega porque, en compensación a lo que la Universidad le ha dado, ella le ha entregado a la Institución su conocimiento y amor por su profesión durante cinco lustros y contando. “Nada más haber salvado la vida de la hoy arquitecta Luisa Álvarez, que cuando era estudiante entró en paro cardiorrespiratorio, paga que yo haya dedicado mi vida a la Universidad”, comenta.

    Mirándose en retrospectiva, esta mujer que heredó de sus padres la vocación por la solidaridad que ha conducido su vida, agradece porque ha sido feliz. “Mi existencia está llena, mis hijas, mi trabajo, mi deporte, mis intereses, todo eso me colma de felicidad; he cumplido mis metas y siempre tengo nuevos objetivos. Mejor dicho si hoy me muero, yo diría que cumplí con mi misión en la tierra”, concluye.

    (FIN/CST)

    15 de febrero del 2018