
Foto: Unimedios /EV
Para ingresar a la UNAL Medellín hay dos puertas de entrada: la física, que es la portería, ese límite entre estar afuera, identificarse, cruzar y pisar el campus de la Sede. Y la administrativa, que es Registro y Matrícula, tal vez, la primera oficina que visitan los nuevos estudiantes. Puede que sea una bonita coincidencia, pero Alejandra Restrepo ha ocupado cargos en ambos lugares.
Porque esta paisa de 29 años ha sido uno de los rostros amables que permite el ingreso a la Sede. Primero fue vigilante del campus El Volador por casi seis años y hoy es quién brinda información en la taquilla del bloque 41, donde opera Registro y Matrícula. Tiene un mapa mental de lugares, dependencias y rostros de quiénes habitan campus que le debe a su paso por la vigilancia y un carisma especial que resuelve cualquier duda y que hace que uno entienda la dimensión de trabajar en lo público.
Cuando Alejandra cuenta su historia, el primer hilo conductor es trabajar con amor: “La clave de todos los trabajos es el amor, porque si usted todos los días llega a un lugar renegando siempre va a hacer todo mal. A veces nos toca estar en empleos que no son lo que soñamos, ni lo que esperamos, pero nos toca tratar de amar ese lugar de trabajo para hacer las cosas bien”. Y claro, el amor por esta universidad, un espacio donde, dice, siempre quisiera trabajar.
El azar y convertirse en vigilante
Con la llegada del covid-19, Alejandra perdió su empleo como asistente en el sistema operativo en BetPlay, una casa de apuestas, pues su cargo entró en los recortes de personal. Como vive sola desde los 18 años, y quedarse sin trabajo no era una opción, se matriculó en un curso virtual y después de un examen de certificación en vigilancia: el 26 de septiembre de 2020 ingresó como vigilante a la portería de motos del campus El Volador.
En plena pandemia el ingreso implicaba tapabocas, rociado de alcohol y un parpadear y asentir que indicaba que se podía entrar a la Sede. En un país donde las mujeres representan solo el 18 % de las personas acreditadas para trabajar en vigilancia, ella, que nunca había pensado en ser vigilante, era la encargada de ese protocolo.

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Tres meses después fue trasladada para vigilar la portería principal de ingreso peatonal y se sorprendió gratamente de su capacidad para memorizar rostros, recordar si eran estudiantes, administrativos o profesores, para aprender las necesidades de cada persona que cruzaba esa portería y para conversar con algunas sobre la vida y sus dificultades.
A Alejandra lo que más le gusta es la atención, ahora y en ese entonces. Por eso duró tres años y medio en ese puesto, uno al que muchos de sus compañeros huyen por el nivel de interacción con las personas, el número masivo de ingresos y la imposibilidad de espacios para sentarse ni un solo momento en esos turnos de 12 horas, pero a ella le gustaba mucho.
A este punto, se preguntarán ¿cómo terminó trabajando en Registro y Matrícula?
“Yo no quería quedarme en vigilancia, ya había cumplido seis años y ya había cumplido muchas metas… Dije: no, me voy a apartar ya de la vigilancia, pero no encontraba algo que me ayudara y empecé a estudiar Secretariado en el Politécnico Mayor”.
Cambiar de puesto
Durante el año y medio que duró su formación como secretaria, Alejandra continuó trabajando como vigilante en la portería vehicular de la 65. Con turnos de 12 horas y clases en la noche. No la tuvo fácil, recuerda que cuando tenía parciales “lloraba mucho, porque me tocaba trasnochar o pasar derecho. Yo decía: no voy a ser capaz. Pero luego, siempre que podía me decía que sí iba a ser capaz. También pensaba: si me voy de acá, ¿para dónde me voy? Porque no es fácil soltar”.
Después de sacrificios y de recordarse que sí podía, llegó el momento de sus prácticas y tenía algo claro: quería seguir trabajando en la Universidad Nacional, su lugar predilecto de trabajo, “por lo bonito y por la paz que se siente”. Por eso, entre uno y otro rostro que pasaba por la portería, saludaba y pensaba dónde podría ser. Una vez, aprovechando que ya conocía a la jefe de Registro, se atrevió y le lanzó un comentario:
—¿Será que usted en estos días me puede dar un espacio para comentarle algo?
—No, después no, en este mismo momento. No deje para después las cosas.
Restrepo le contó que estaba estudiando secretariado y que quería saber la posibilidad de hacer las prácticas con ella, que le diera la oportunidad. La jefa le dijo que iba a mirar bien la posibilidad administrativa, pero que si por ella fuera: sí.

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Fue un proceso administrativo largo que demoró ocho meses. Alejandra no quería buscar prácticas en otro lado, ella no quería dejar su lugar de trabajo. “Todos los días le pedía mucho a dios, le decía que por favor que me ayudara, que me diera ese empujoncito de al menos vivir la experiencia acá un tiempo”, recuerda.
Un día, la que sería su jefa la llamó:
—Necesito que renuncie.
Le dio mucho miedo. No dudaba de su palabra, pero es difícil confiar y arriesgar su estabilidad. Igual lo hizo, renunció. Una semana después todavía estaba en la casa y angustiada llamó a su mamá:
—Mamá no me van a llamar. ¿Qué voy a hacer? No, mamá, si no me llaman, es muy difícil uno encontrar prácticas, entonces me tocó volver a estar en otro lado en vigilancia.
Pero sí la llamaron. Y comenzó a trabajar en Registro y Matrícula en junio. Los primeros días estaba muy contenta, pero muy asustada. Era un mundo nuevo y no quería cometer errores. No solo por no defraudar la confianza, sino porque “un error es la vida (académica) de los estudiantes”.
La vocación de servir
El proceso de adaptación fue fácil gracias a sus nuevos compañeros. Sus primeros meses fueron en Admitidos de pregrado y posgrado: revisar papeles de admisión, caracterización socioeconómica para la liquidación de matrículas… Vigilar, nuevamente, el ingreso a la UNAL Medellín, esta vez desde lo administrativo.
Cuando uno le pregunta por las similitudes entre un cargo y el otro ella la tiene clara: “Creo que la clave en todo lugar es la buena atención y esa es la que más me gusta”. En una universidad donde el último proceso de admisión permitió el ingreso de 1.566 alumnos nuevos, lo que se necesita en Registro y Matrícula es amor por el trabajo para atender dudas, sustos y malentendidos.

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En la taquilla de la dependencia, Alejandra es quien soluciona los problemas que aquejan a los matriculados y son sus manos las que entregan, mientras sonríe, el carné que acredita a las personas como parte de esta universidad.
“Yo tengo algo: pregunto por todo en todas partes. No me gusta dar mala información y tampoco me gusta decir “no sé”. Si me toca aprender con la persona que está preguntando, no me da pena. Yo le averiguo, siempre ha sido así, eso es lo que me ha ayudado y los compañeros también”, dice sobre su puesto actual.
También recuerda con cariño el anterior. De vez en cuando, se cruza con algún administrativo o profesor que desconociendo su recorrido se sorprende al verla como secretaria en esa oficina. Y le preguntan asustados:
—¿Usted qué está haciendo acá?
Entonces Alejandra les cuenta esta historia. La historia de cómo pasó de vigilar la entrada física, y ahora acompañar la entrada académica de la UNAL Medellín.
09 de junio de 2026
