
Ya no vive nadie en ella / Y a la orilla del camino / Silenciosa está la casa / Se diría que sus puertas / Las cerraron para siempre / Que cerraron para siempre / Sus ventanas… No lo dice la canción, pero la casa probablemente era de bahareque, tapia o bloque de tierra comprimida —que es propia de Colombia—. Materiales con los que se construyó el país, durante décadas.
Las llamadas tecnologías de construcción en tierra combinan saberes ancestrales con ingeniería moderna. Todas tienen algo en común: se trabaja con la tierra cruda. No se pasa por fuego como otros materiales y eso permite que se conserven todas sus propiedades y que de alguna manera se vinculen de manera sensorial y emocional a quién las construye y las habita.
Sobre eso cuenta Gilda Wolf Amaya, docente de la Facultad de Arquitectura de la UNAL Medellín, y quién dirige el proyecto UN lugar para el intercambio de saberes en el corazón del campus, que se enmarca en el Plan de Acción de la Sede: Campus Sustentable y del Cuidado.
En este episodio de Tengo una pregunta, Wolf habla también de la relación del cuerpo y la tierra, de una paz que no se respira encerrado en paredes de otros materiales. También, del desfase térmico, tan necesario para adaptarse y vivir en medio de oleadas de calor cada vez más fuertes.
Porque en la triada por una construcción impulsada por la seguridad, el progreso y el prestigio. Las construcciones industriales son: “eficientes pero no eficaces, porque no generan entornos de vida saludables, hermosos, acogedores. No crean un cobijo que es lo que requiere la gente para estar bien”, considera la profesora Gilda.
Escuche y reflexione sobre la conversación y el episodio completo aquí:
02 de junio de 2026
