Boletín Bitacoral UNAL

Daniel Díaz Rueda: el bautizador de plantas, bosques y legados

A sus 40 años, el Arboretum y Palmetum, es una colección dinámica. Algunos árboles y palmas se mueren o se caen, y otros llegan en las manos de egresados, estudiantes, amigos y vecinos que traen ejemplares raros de distintos rincones del país. Esta es la historia de uno de sus sembradores y de quien más insistió para que le pusieran León Morales Soto.

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Foto: Oficina de Unimedios-LR.

Daniel Mauricio Díaz Rueda, ingeniero forestal y magíster en Ciencias - Biología de la UNAL Medellín, va para acá y para allá, con su sombrerito puesto, como una hormiguita que sabe exactamente adónde lleva cada hoja.

Oriundo de Barrancabermeja, Santander, Daniel está obsesionado con la etnobotánica y con ponerle nombre a la flora. El día de la ceremonia de los 40 años del Arboretum y Palmetum, Daniel llegó con dos regalos. El primero cabía en una matera pequeña: una Peperomia arboretorum, que le entregó al profesor León Morales Soto.

Esta es, a simple vista, una hierba modesta, una matica que cualquier tía podría tener en su casa. El género Peperomia (familia Piperaceae) al que pertenece es uno de los más diversos entre las plantas con flores, con más de mil quinientas especies distribuidas por los trópicos. Son hierbas, muchas veces epífitas, es decir, que crecen sobre otras plantas sin parasitarlas. Tienen hojas carnosas y si uno se acerca puede verlas “peluditas”, sus flores son diminutas y se agrupan en espigas delgadas que disecadas sobre un paratipo parecen colas de ratón.

Las Peperomias suelen pasar desapercibidas en el sotobosque, entre la hojarasca y los troncos, cuenta Daniel, y además se han estudiado poco, porque en medio del bosque, los que más llaman la atención, son, por supuesto, los árboles.

Lo que hace especial a esta matica, además de la silueta de luna que se le dibuja de un verde más claro a algunas de sus hojas, es su apellido: el epíteto arboretorum, que Daniel y los dos colegas con los que la descubrió y bautizó, le pusieron en honor al Arboretum y Palmetum, la colección viva de la UNAL Medellín, y al ArboretUN, un grupo de estudiantes de la UNAL Medellín que la han cuidado, estudiado y hecho crecer.

Por eso, esta matica con apellido, no era un detalle cualquiera, es otra forma en que este legado del profesor León Morales Soto, sigue encontrando la manera de germinar y crecer, incluso por fuera del campus.

En la ceremonia de los cuarenta años del segundo jardín botánico de la ciudad, Daniel le entregó al profesor León una planta que lleva en su nombre al bosque que él soñó y al grupo de estudiantes que lo heredó por un tiempo. Un homenaje en miniatura, fruto del rigor de la taxonomía que imparte y el cariño de quien sabe lo que un bosque significa.

El segundo regalo que llevó Díaz fueron dos ejemplares de Caryodaphnopsis yariquensis, un árbol de la familia Lauraceae que hace poco recibió su nombre científico, también con ayuda de el “Loco Daniel”, como lo llama el profesor Morales.

Este no lleva por epíteto uno relacionado con la UNAL, pero sí con la historia de Daniel y su cercanía a la Serranía de los Yariguíes, por donde ha vivido y caminado. Allí, conocen esta nueva especie para la ciencia desde hace mucho tiempo, pero bajo el nombre común de panelo o panela. Es una especie maderable que el egresado de Ingeniería Forestal donó a la colección con la ilusión de que “se establezca en el campus y enriquezca el arboretum”.

 

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Foto: Oficina de Unimedios-LR.

El santandereano "loco" de la etnobotánica

Daniel nació en Barrancabermeja, pero cuenta que sus raíces vienen de otros dos pueblos santandereanos: Zapatoca y Betulia. De allí salió a estudiar Ingeniería Forestal en la UNAL Medellín, de donde se graduó en 2016. Y aunque han pasado diez años, cuando habla de la universidad, como cuando habla de la taxonomía, le brillan los ojos: “La quiero, la amo”, dice sin pudor, sobre su “casa”.

Esa casa tiene un patio de más de cuarenta años, en el que, durante su paso por la universidad, Daniel y sus compañeros del grupo ArboretUN pasaron incontables horas. Entre todos pusieron “sangre, sudor, lágrimas”, como dice, podaron, trasplantaron, y sembraron especies nuevas, árboles y espacios, como el patio central del bloque 24, que antes de las labores del grupo era “un pantanero” y ahora es un “oasis”.

Por eso, cada vez que puede volver a Medellín, Daniel pasa por el campus a visitar a sus hijos arbóreos. Fiel seguidor de León, los mira, los reconoce y se fija en cómo están. Si alguno no se ve contento, se pregunta qué se puede hacer para que esté mejor.

La pasión que se contagia

Daniel atribuye su pasión, en gran medida, al profesor León Morales Soto, que transmitió su entusiasmo a muchas generaciones de forestales. “Aunque no me dio clase, él ya estaba pensionado, sí aprendimos mucho de él mientras estábamos en el grupo de ArboretUN, porque nosotros lo veíamos y nos poniamos a ayudarle a trasplantar arbolitos o cargar cosas, y él nos iba transmitiendo todo su conocimiento”.

Daniel Díaz y sus compañeros de carrera no fueron una excepción. El “profe”, aunque ya pensionado, lleva décadas llamando finca a lo que para los demás es un campus, y logró que quienes pasaron por sus manos aprendieran a mirar los árboles con sus mismas gafas, las del cariño, paciencia y cuidado.

Hace una década, cuando el arboretum tenía 30 años de ser consolidado, el cariño por el profesor Morales tomó forma de trámite. Daniel, acompañado de ACEFORUM, la Asociación de Estudiantes Forestales de la Universidad Nacional, y desde su grupo ArboretUN, gestionó ante la Vicerrectoría de Sede un acto administrativo para que la colección llevara el nombre de uno de los grandes responsables de hacerla posible.

Así en 2016 nació oficialmente el Arboretum y Palmetum León Morales Soto. El de esta colección viva de la UNAL Medellín es, entonces, otro de los bautizos atribuibles a Daniel Díaz Rueda.

Un laboratorio vivo en medio del cemento

El de Medellín no es el único arboretum de la Universidad Nacional de Colombia, pero Daniel lo describe como el más grande, el más valioso y el más rico en diversidad. Tiene dos hermanitos: El primero es el Francisco Ballón, en Bogotá, ubicado en las dos hectáreas que rodean el edificio del Instituto de Ciencias Naturales. El otro es el Padre Gustavo Huertas, en el Museo Paleontológico de Villa de Leyva.

Cuando se le pregunta por la importancia del arboretum de la UNAL Medellín, Díaz responde que tiene muchas aristas. La primera es la científica, una colección botánica viva es, a la vez, aula, herbario y laboratorio. Como estudiante, recuerda que salía de la clase de dendrología en el bloque 14 y el material de práctica ya estaba ahí, a pocos pasos: “No había que viajar a Urabá, al Amazonas, ni al Pacífico para observar las estructuras que acababa de estudiar”.

Para la investigación, el arboretum permite hacer seguimiento a la fenología de cada especie (cuándo florece y cuándo fructifica) y evaluar qué árboles se adaptan a las condiciones de la ciudad. Son datos valiosos para la silvicultura urbana porque difícilmente se obtienen de otro modo.

Después viene el ornato, que no es una razón menor. Daniel agradece la diferencia entre un campus agreste, hecho de cemento, mangas y prados, y uno donde la comunidad universitaria “vive dentro de un bosque”. A eso se suma la barrera que los árboles ofrecen frente a la autopista, que ayuda a contener el smog y el ruido, algo que el profesor León también destaca con frecuencia.

Y, por último, y no menos importante, está la fauna. Las aves, mamíferos e insectos que buscan en el arboretum un refugio, un escampadero, una casita.

A sus 40 años, el Arboretum y Pametum León Morales Soto es una colección dinámica. Algunos árboles y palmas se mueren o se caen, y otros llegan en las manos de egresados, estudiantes, amigos y vecinos que traen ejemplares raros de distintos rincones del país.

Ahora, dentro de esa gran colección, está la matica de Peperomia arboretorum, que seguirá su propio ciclo en las experimentadas manos de León. Seguramente un estudiante le ayudará con esta labor, así como lo hizo en su momento Daniel Díaz Rueda, el forestal santandereano que aunque volvió a su departamento natal a cuidar otras reservas forestales nunca se fue del todo porque una parte de él echó raíz entre estos árboles de la Sede Medellín.

14 de octubre de 202