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Cuando a Beatriz Elena le dijeron que la iban a mandar para la Facultad de Minas, además de romper en llanto, salió corriendo a buscar a su compañera Luz Estela para contarle la “mala noticia”. La encontró hecha también un mar de lágrimas, entonces, en lugar de comentarle lo sucedido le preguntó qué le pasaba y no pudo más que seguir llorando, pero de la alegría, cuando su mejor amiga le contó que la habían trasladado para el mismo lugar que a ella. “Ay, entonces nos vamos juntas”, alcanzó, finalmente a anunciar.

  • Beatriz lleva 25 años en la UNAL y se siente orgullosa de mantener impecable su segunda casa.

    Beatriz lleva 25 años en la UNAL y se siente orgullosa de mantener impecable su segunda casa.

  • En 2009 recibió un reconocimiento por sus años de servicio. Foto cortesía.

    En 2009 recibió un reconocimiento por sus años de servicio. Foto cortesía.

  • La finca familiar en Santa Elena es otro lugar donde se siente libre. Foto cortesía.

    La finca familiar en Santa Elena es otro lugar donde se siente libre. Foto cortesía.

  • “En todos mis años de servicio nunca he tenido un llamado de atención”, asegura complacida.

    “En todos mis años de servicio nunca he tenido un llamado de atención”, asegura complacida.

  • Beatriz es reconocida en la Universidad por su amabilidad y por la calidad con la que desempeña su oficio. Foto cortesía.

    Beatriz es reconocida en la Universidad por su amabilidad y por la calidad con la que desempeña su oficio. Foto cortesía.

    Esa anécdota, que sucedió en 2004, es una de las cientos que podría contar en los cinco lustros que Beatriz Elena Hernández Patiño ha estado al servicio de la Universidad Nacional de Colombia en Medellín como auxiliar de Servicios Generales. “25 años de tanta dicha que ni los he sentido”, asegura y afirma también que tiene uno de los oficios más importantes y bonitos de la Institución: mantener “la casa” impecable.

    Su quehacer tanto como el amor institucional desbordante que le profesa a la UNAL son herencia familiar. “Durante muchos años mi papá fue mayordomo en la finca de Piedras Blancas en Santa Elena (Estación Forestal). Yo nací allá”, cuenta con orgullo y recuerda que durante 12 años disfrutó de ese espacio campestre en el que era conocida con el sobrenombre de “la niña de los forestales”. También allí nacieron sus hermanos menores María, Juan, Luz Miriam, Iván Darío y Albeiro.

    Beatriz trabajó durante 10 años y tres meses como empleada doméstica y siempre mantuvo entre sus memorias las veces que su papá, Juan de Jesús, la llevaba de la Estación Forestal al campus de la Universidad en la ciudad. Y fue tomando forma la idea de querer trabajar en el mismo lugar, entonces, le pidió el favor al novio de una de sus primas, que estaba vinculado a la Institución, que la mantuviera informada de cualquier posibilidad de empleo.

    Y, de repente, cuando menos se lo esperaba, la oportunidad se dio. “En 1993 abrieron convocatorias públicas y Luis Ángel Saldarriaga, el novio de mi prima, me dijo que me inscribiera y así fue”. Eso, recuerda, fue en octubre, pasó una Navidad en ascuas y le dio la bienvenida a 1994 decepcionada por no haber pasado. Sin embargo, a mediados de mayo, la llamaron a decirle que debía presentarse lo más rápido posible en la Universidad a firmar su contrato de vinculación. “Yo no lo podía creer, se me salieron las lágrimas de la felicidad”, recuerda casi con la misma emoción de ese día.

    El primer día de trabajo fue un golpe de realidad: “la Universidad me pareció tan grande y había tanto que hacer que terminé con dolor de cintura y mi mamá me dijo que no iba a durar ni 15 días”. Pero también de alegría: redescubrir el lugar que conoció de niña y sentirse libre recorriéndolo la haría permanecer en él durante 25 años y no querer dejarlo.

    Empezó como responsable de asear la oficina de Planeación, ahí estuvo durante dos años, luego pasó a la biblioteca Efe Gómez y a la Dirección de Personal Académico y Administrativo, de ahí al sector de Las Casitas donde solo estuvo una semana tras la cual le asignaron un puesto en la Facultad de Arquitectura, pasó más tarde al Centro de Cómputo.

    “Entonces llegó la Facultad de Minas, allá duré seis años gozosos, tanto que lloré hasta que me cansé cuando tuve que volver”, cuenta. De nuevo en el Campus El Volador, desarrolló sus labores en la sección de Servicios Generales, posteriormente en Registro y Matrícula y, finalmente, en el Bloque 16 donde se ocupó un tiempo del cuarto piso, otro más del tercero y, ahora, le corresponde el primero.

    Beatriz es reconocida en la Universidad por su amabilidad y por la calidad con la que desempeña su oficio, pero también porque hace unos años vende flores: crisantemos, margaritas y astromelias, sobre todo, que cultiva su papá en su finca en Santa Elena y negocia su mamá, Rosa Elvia, en la Placita de Flórez.

    “Yo las traigo por encargo y de casi todas las dependencias de la Universidad me piden las flores”, cuenta y destaca que es su mamá quien realmente se beneficia del “negocio”.

    A Beatriz le encanta la idea de la libertad, por eso es feliz en la UNAL “Yo acá siento que estoy prestando un buen servicio que es útil a los otros; eso me hace sentir libre. Además, la Universidad es muy hermosa y los estudiantes me llenan de vida”, resalta y comenta que su espacio favorito es la zona del polideportivo y la piscina.

    Beatriz Elena Hernández Patiño no se queda quieta casi nunca, al menos durante su horario laboral. Limpia las mesas de estudio que hay en el primer piso del Bloque 16, recoge la basura que la gente olvida, barre y trapea los corredores, repasa donde ya aseó para verificar que siga lustroso, en fin, muchas veces hasta se ingenia tareas que no le corresponden con el único propósito de “ver limpia la Universidad”.

    (FIN/CST)

    28 de junio del 2019