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Cuando a la arquitecta Emma Teresa Couitin, profesora de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, le dijeron que debía dictar los contenidos de Urbanismo, un tema para el que no se sentía preparada, no se le ocurrió otra cosa que llamar a su amiga entrañable, la también arquitecta Beatriz Adelaida Jaramillo Pérez.

  • Beatriz Adelaida Jaramillo consagró su vida a la arquitectura desde el ser y el hacer. Foto cortesía.

    Beatriz Adelaida Jaramillo consagró su vida a la arquitectura desde el ser y el hacer. Foto cortesía.

  • Su esencia era la de una persona recta, transparente, fuerte, ética y clara avocada a los otros. Foto cortesía.

    Su esencia era la de una persona recta, transparente, fuerte, ética y clara avocada a los otros. Foto cortesía.

  • Hasta el último de sus días la profesora Beatriz Adelaida vivió enamorada de la vida. Foto cortesía.

    Hasta el último de sus días la profesora Beatriz Adelaida vivió enamorada de la vida. Foto cortesía.

    Beatriz Adelaida, así le gustaba que la llamasen porque su nombre le parecía sonoro, no solo dictó la primera sesión de la asignatura; experta en urbanismo, le prestó a la profesora Coutin sus contenidos y la acompañó en todo el proceso de empoderarse del tema. “Ella era de ese calibre: franca y verdaderamente amiga, una mujer de una calidad humana que ya no se encuentra, valiente, inteligente y totalmente desprendida”, asegura su amiga Emma teresa.

    La profesora Beatriz Adelaida era arquitecta con maestría en Estudios Urbano Regionales de la Universidad Nacional de Colombia y especialista en patrimonio, uno de los temas que más la apasionaba. Pensaba que su profesión implicaba una suerte de equilibrio entre el arte y los aspectos técnicos.

    El arquitecto, Juan David Gómez Restrepo, colega y amigo cercano con quien trabajó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Santo Tomás, destaca que “Beatriz luchó para que los profesionales se formaran en atender esas realidades que, muchas veces, aparecen desvirtuadas por las formalidades que tiene la academia”.

    La arquitectura fue su gran pasión, la ejerció con entusiasmo en la academia desde la docencia, desde la gestión de proyectos, desde la investigación e, incluso, desde su manera particular de asumir la vida.

    “Mi mamá nunca sintió que se levantaba a trabajar, ella se levantaba todos los días a disfrutar de lo que hacía, a aprender, a estudiar. A sus pasiones: la arquitectura, el urbanismo, el patrimonio y Medellín, les dedicó incontables horas y lo hizo incansablemente porque la hacían feliz”, comenta su hija Natalia Surianu.

    Quienes la conocieron afirman que se acostaba tarde y que no le daban durmiendo las tres de la madrugada porque se levanta a estudiar, a leer, a producir, a gestionar proyectos.

    “Ella era una mujer de diciendo y haciendo, una persona de tomar decisiones y a quien no la atormentaban las formalidades. A Beatriz era muy fácil comentarle cosas porque ella siempre escuchaba, pero no solo eso, también anotaba y actuaba; siempre llevaba una libreta con sus notas y sus proyectos perfectamente escritos y organizados”, recuerda el profesor Juan David Gómez.

    La profesora Beatriz Adelaida fue docente en muchas universidades, entre ellas destacan su paso por la U.N. Sede Medellín, su alma máter y donde fue vicedecana académica de la Facultad de Arquitectura y jefe de la Oficina de Extensión; y por la Universidad Santo Tomás, también de Medellín, donde fue decana de la Facultad de Arquitectura durante ocho años.

    Como parte de su quehacer profesional, llegó a servirle a su oficio desde la presidencia de la Sociedad Colombiana de Arquitectos donde consiguió, entre muchos otros logros, que los arquitectos del país empezaran a agremiarse, algo que tuvo bastante que ver con su personalidad inclinada al servicio.

    “Era una mujer dispuesta a construir puentes en vez de tumbarlos, a fortalecer las relaciones, a acercar a las personas, a ser el pegante entre nosotros, a acogernos a todos en su casa, como si fuera la casa de cada uno”, afirma Natalia.

    En el mismo sentido, el profesor Gómez señala que Beatriz Adelaida era como “la casa de los abuelos donde todo el mundo llega y se siente bien recibido, la conversación con ella convocaba siempre por la fuerza que la inspiraba”.

    Al respecto, la profesora Emma Teresa añade que para ella uno de los sentidos más valiosos de la amistad con Beatriz Adelaida fue su relación de “sana controversia: ella no era la amiga que te consiente, si debía decir algo lo decía y valoraba también la sinceridad; cada conversación era como una tertulia muy agradable y podíamos hablar de todo”.

    Para la profesora Beatriz Adelaida la muerte era una realidad que no la atormentaba y, precisamente gracias a esa consciencia, nunca dejó de trabajar; de hecho, últimamente estaba enfocada en un proyecto para enviar al departamento de Antioquia y específicamente al municipio de Medellín unas propuestas frente al patrimonio: quería que le dieran un espacio para hacer unos paseos históricos por el centro de la ciudad con el propósito de conocer a Medellín desde esa historia que se va perdiendo con el tiempo.

    A sus 70 años, sin embargo, esa realidad de la que tenía certeza, pero no temor, la golpeó de improvisto sin dejarla terminar ese proyecto bonito que soñaba para Medellín. “Hasta el último día, dice su hija Natalia, hizo las cosas como quiso, tenía muy claro qué quería y qué no al final de su vida. Se nos fue como quería irse, sin dolor, sin sufrimiento, sin dependencias de nada ni de nadie”, dejando un legado de amor por la vida y por los otros.

    (FIN/CST)

    11 de abril del 2019