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Casi a mediados del siglo XX, el municipio de Anzá, occidente de Antioquia, asistió al nacimiento de la familia conformada por Rafael Rueda y Magdalena Bedoya; en el 52, entre montañas, arengas y balas bipartidistas vino al mundo Rafael, seis años más tarde la violencia los desarraigó de su tierra y cambió su historia. El recorrido al que se vieron obligados los llevó de polo a polo en la finca San José, vereda La Ilusión del municipio de San Carlos, en el Oriente antioqueño.

  • El profesor Rueda Bedoya lleva más de 30 años al servicio de la U.N.

    El profesor Rueda Bedoya lleva más de 30 años al servicio de la U.N.

  • Trabajar en servicio de los más necesitados es uno de los legados que el profe Rafael les ha dejado a sus estudiantes. Foto cortesía.

    Trabajar en servicio de los más necesitados es uno de los legados que el profe Rafael les ha dejado a sus estudiantes. Foto cortesía.

  • Jornada de solidaridad diciembre de 2013. Foto cortesía.

    Jornada de solidaridad diciembre de 2013. Foto cortesía.

  • Según el profesor, en el trabajo con las comunidades se dan los mayores aprendizajes humanos. Foto cortesía.

    Según el profesor, en el trabajo con las comunidades se dan los mayores aprendizajes humanos. Foto cortesía.

  • Encuentro con la comunidad de la vereda San Andrés del municipio de Girardota (Ant.), diciembre de 2015.

    Encuentro con la comunidad de la vereda San Andrés del municipio de Girardota (Ant.), diciembre de 2015.

  • Entre sus pendientes está el proyecto de la construcción de una escuela campesina de pensamiento.

    Entre sus pendientes está el proyecto de la construcción de una escuela campesina de pensamiento.

    A los seis años, ayudando a amasar tierra y boñiga para levantar las paredes del que sería su nuevo hogar, Rafael recibió uno de los consejos más importantes de su vida: “mijo, no pase por este mundo sin construir con sus propias manos su casa”, levantó su padre la voz. Y aunque el señor Rafael se refería al espacio vital en el que se construye la familia, el niño lo llevó más allá y lo escaló a la idea del proyecto de vida.    

    “Uno no debe pasar por esta experiencia que llamamos existencia sin construir progresivamente un proyecto de vida sobre la base, para mí inamovible, de la ética fortalecida mediante los valores e involucrando en él a quienes lo rodean y más lo necesitan”, afirma, muchos años después de ese consejo, el profesor de la Universidad Nacional de Colombia, Rafael Rueda Bedoya.

    Este economista de la Universidad de Antioquia llegó a la U.N. mucho antes de hacerse profesional, mucho antes de ser acogido por la universidad pública. “En el 75 yo estudiaba Economía en la Universidad de Medellín y a raíz del movimiento estudiantil alrededor de 100 estudiantes fuimos expulsados de la institución, como resultado de ese proceso, varias universidades públicas nos abrieron las puertas”, apunta.

    Aunque quería cursar Derecho, porque lo veía como un instrumento para ayudar a otros, terminó estudiando Economía y en el 82, todavía sin graduarse, empezó a vincularse con la institución hermana de su alma mater que terminaría por ser su casa: la U.N.

    “Con un grupo de compañeros de la U. de A. inquietos por aprender el espacio en relación con la economía y los procesos de urbanización, llegamos a la Facultad de Arquitectura de la U.N. y mientras esperábamos al decano, que en ese tiempo era el profesor Fernando Viviescas, vimos la información de una convocatoria latinoamericana para un taller sobre aspectos socioeconómicos de la vivienda popular en América Latina”, recuerda el profesor.

    La iniciativa hacía parte de las actividades del Programa de Estudios en Vivienda para América Latina (PEVAL), un convenio de cooperación que inició en 1980 entre el gobierno holandés y el colombiano coordinado por la U.N. Sede Medellín. Rafael insistió e insistió hasta que logró que sin graduarse lo admitieran en el taller en el que hizo un ejercicio econométrico con información sobre políticas públicas de financiamiento a la vivienda popular en países latinos y su impacto sobre las poblaciones vulnerables.

    Su trabajo fue tan bueno que, en el 83, año en que se graduó como economista, el codirector del PEVAL lo vinculó de nuevo al proyecto y en el 84 mediante una convocatoria abierta se vinculó como profesor de la Escuela del Hábitat de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Desde entonces, destaca, se ha dedicado a intentar ser coherente en procurar la articulación armoniosa entre los procesos educativos, de investigación y de extensión.

    Como parte de su quehacer durante 34 años al servicio de la Universidad, en 2011, el profesor Rafael y algunos colegas crearon una cátedra que desde entonces aborda el compromiso ético por una Universidad saludable, en la que se estudian componentes como la ética sobre la ciudad, la ciudadanía, la investigación, los voluntariados, entre otros. La experiencia, señala el profe, se ha enriquecido gracias a las vivencias y al aprendizaje mediante la práctica de los valores.

    “En el 2009 se creó un voluntariado abierto a todo aquel que quisiera de manera decidida y responsable participar en las actividades misionales del voluntariado. Y, en el 2013, conscientes de la grandiosa condición humana de los estudiantes y de sus ansias por compartir sus talentos con los otros, formulamos una asignatura que se llama Ética y Voluntariado Universitario y Social”, comenta el profesor.

    Esa asignatura ha abordado los ejes misionales de la Universidad: docencia, investigación y extensión desde el aspecto social y comunitario y, a la vez que ha transformado durante años la vida de estudiantes que salen de sí para aprender a través de la experiencia de otros, ha impactado positivamente el devenir de comunidades vulnerables como los vecinos del barrio Nueva Villa de La Iguaná y Pinares de Oriente, por mencionar algunas.

    “Tenemos tres módulos: uno teórico sobre ética durante un mes, otro también teórico sobre voluntariado de la misma duración, y la práctica de voluntariado que es de dos meses y se hace con la comunidad”, explica el profesor y destaca que los estudiantes reclaman siempre más experiencias así, de la que salen oxigenados y transformados.

    El componente de práctica con la comunidad va desde talleres educativos hasta recreativos y deportivos, todos abordados desde la lúdica, pues “no hay mejor manera de aprender que jugando”, dice el profesor Rueda Bedoya. Este ejercicio trasciende el asistencialismo por cuanto es la población impactada, tras jornadas organizativas y de participación, la que define y prioriza sus problemas y necesidades. “Nosotros simplemente los apoyamos en búsqueda de soluciones”, cuenta.

    Para los estudiantes la experiencia hace parte de su búsqueda de la dimensión humana: “yo quiero ser más persona que número”, es una de las frases que el profesor Rueda está habituado a escuchar de los universitarios, por eso una de las experiencias fundamentales que viven durante esos cuatro meses tiene que ver con el esfuerzo por dejar sentadas las bases de su propio proyecto de vida.

    El quehacer docente e investigativo del profesor Rueda Bedoya está anclado en la solidaridad y en tenderle la mano a quien lo necesite, esa herencia la recibió de sus padres y, hombro a hombro, de la mano de su esposa Idalid se la ha transmitido a sus hijos Laura y Camilo.

    El hombre de servicio es también un hombre de campo y su sueño, ahora que se aproximan sus años finales en la U.N., “es dejar sentadas las bases para la construcción de una escuela campesina de pensamiento y acción que luche por resistir en la tierra y por la defensa del patrimonio cultural de la vida campesina”, concluye.

    (FIN/CST)

    9 de noviembre del 2018