Escudo de la República de Colombia
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En la segunda mitad de la década de 1970, mientras el mundo hablaba de la muerte de Mao Zedong; en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín María Dolores Ocampo Cardona, Lolita, como todos le dicen, vendía el Libro Rojo de Mao como pan caliente. Estaba recién llegada a la Institución que la acogería por más de 40 años y contando.

  • María Dolores Ocampo tiene mucho que agradecerle a la U.N. Según ella gracias a la Universidad sacó adelante a su hija y a sus padres.

    María Dolores Ocampo tiene mucho que agradecerle a la U.N. Según ella gracias a la Universidad sacó adelante a su hija y a sus padres.

  • María Dolores Ocampo Cardona llegó a la U.N. a mediados de los 70.

    María Dolores Ocampo Cardona llegó a la U.N. a mediados de los 70.

  • Aunque inicialmente vendía libros, terminó vendiendo productos comestibles.

    Aunque inicialmente vendía libros, terminó vendiendo productos comestibles.

  • Tiene la dicha de haber sembrado algunos de los árboles del campus universitario.

    Tiene la dicha de haber sembrado algunos de los árboles del campus universitario.

    Llegó a la U.N., no recuerda si en 1975 o 1976, animada por el deseo y la necesidad de trabajar. Su hermana Margarita le propuso emprender un negocio de venta de libros y a ella se le ocurrió que este material tenía que venderse sí o sí en las universidades; la U.N. les abrió la puerta pero fue Lolita quien continuó con el oficio.

    “Cuando yo pedí el permiso para trabajar dije que quería vender libros e inmediatamente me dijeron ‘para vender cultura, claro que sí’. Me instalé en una mesa en el Bloque 11 pero allá eran muy malas las ventas porque estaba muy alejado de todo, entonces me dieron permiso de pasarme para donde queda hoy El Ágora, frente al Bloque 46 y ahí me hice con mis libros y me empezó a ir muy bien”, cuenta.

    Libro Rojo de Mao, El estado y la revolución (Lenin), Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano), libros de estudio, la literatura del Boom y muchos más, generalmente a solitud de los estudiantes y profesores, fueron durante años las ventas de Lolita que para le época conseguía los títulos a un precio de dos pesos, máximo, en la Librería Nueva Cultura, que ya no existe, y en otras del centro de Medellín donde le daban hasta el 60% de descuento.

    “Yo salía de acá a las 4:00 p.m. y me iba a rebuscarme los libritos hasta por la noche. Al otro día madrugaba con ellos y los vendía ligero”, recuerda Lolita quien, además, empezó a diversificar el negocio con confites, chicles y mecato, así fueron entre siete a 10 años, según cree, pues su memoria ya ha perdido datos y fechas específicas.

    “Una vez hubo una reforma en la Universidad y me dijeron que me tenía que ir; yo tenía mi obligación que era mi niña y ver por mis papás entonces me quedé protestando en la puerta pero eso no funcionó y decidí poner una chaza afuera por la portería de Coca Cola”, dice.

    Para entonces Medellín estaba transformándose urbanísticamente y Lolita fue testigo de ello durante los cinco a siete años que estuvo en este espacio, todo por no abandonar la Universidad Nacional de Colombia a la que ya se había apegado.

    Ella ya tenía el cariño de algunos profesores y estudiantes, con sus años afuera de la portería se ganó también el de los vigilantes y más o menos entre finales de los 80 y comienzos de los 90 María Dolores se atrevió a solicitar de nuevo el permiso de ventas al interior del Campus pero ya no con los libros como producto central sino únicamente con mecato.

    “El profesor Jorge Ceballos fue el que me ayudó a volver y me ubicaron en el bloque 16 pero allá no me iba bien porque era muy solitario. Entonces le dije a don Jorge que eso allá no me servía y me dijo: ‘A ver, Lola, ¿para dónde quiere usted?’”; y sin titubear ella le respondió: “para el 46”. Y en los bajos de ese bloque ubicó su puesto de trabajo de donde nunca más se movería, al menos hasta ahora, y de donde asegura no quiere salir.

    Eligió ese espacio, afirma, porque ahí tenía su vieja clientela y porque la experiencia le decía que ese era un lugar de buen tránsito y movimiento en el campus.

    De nuevo instalada, María Dolores que no había terminado sus estudios secundarios se contagió, entre los universitarios, de un sincero deseo por estudiar y validó el bachillerato; las horas de alfabetización las hizo sembrado árboles en la U.N. con el beneplácito de la profesora Ana Catalina Reyes, quien la apoyo en su propósito de formarse.

    “A mí también me provocaba estudiar acá; quería hacer Ciencia Política porque uno está como empapa’o de todo lo que ocurre en el país y en el mundo pero al fin no me resolví porque la hija mía estaba estudiando y ella era mi prioridad”, confiesa con algo de nostalgia. El tiempo que no utilizó en una carrera profesional lo ocupó trabajando en su chaza, cada vez más próspera, y leyendo pues la lectura fue un hábito que le quedó de su negocio original.

    “Yo también leía bueno, por ejemplo, el de Las venas abiertas me lo leí, ¡ah, una belleza! Y alcancé a leer algunas cosas de un profesor de acá: don Álvaro Tirado Mejía y otras de Gabriel García Márquez como Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera y el de Cien años de soledad; y ya otras cositas que me servían pa’ mi negocio como El vendedor más grande del mundo”, asegura. Aunque ahora no lee, señala que debería retomar el hábito porque con sus 75 primaveras la memoria empieza a fallarle y necesita ejercitarla.

    María Dolores Ocampo tiene mucho que agradecerle a la U.N. Según ella gracias a la Universidad sacó adelante a su hija Nenfer Edilse, se ocupó de la vejez de sus padres Arturo y María de Jesús, se hizo a su casa propia, cotizó para la pensión y, lo más importante, creció en valores y experiencias. Ella, como muchos otros, sufre de un síndrome que padecen quienes hacen Parte de la Universidad Nacional de Colombia: un amor arraigado por la Institución que los hace desear no abandonarla nunca.

    “Mientras yo pueda moverme y estar viniendo, no dejaré de hacerlo porque esto acá me da vida: compartir con los jóvenes, ver el campus tan bonito, lleno de árboles y de animalitos. A mí me va a dar muy duro dejar la Universidad y no lo quisiera hacer porque aquí tengo como otra familia”, concluye y entre risas se le escapa que sin dudarlo se quedaría protestando en la puerta, como hace años, antes que irse.

    (FIN/CST)

    1 de junio del 2018